Programa de Identidad Amigoniana

Identidad_Amigoniana

Nos reconocemos gracias a las raíces comunes. Tenemos un estilo semejante de situarnos en la vida, una parecida sensibilidad ante las llamadas de Dios y los signos de los tiempos, y nos encontramos también en la búsqueda de respuestas. Nuestra identidad Amigoniana no es algo abstracto o impersonal. Se ve, toma cuerpo en las personas que nos decimos amigonianos, y cambia con nosotros.

Cualquiera que se sienta atraído y llamado a ser parte de esa Familia deberá iniciar un proceso para participar y apropiarse de la identidad colectiva Amigoniana. La identidad se revela primeramente en la historia de nuestros orígenes, el “mito inicial”. Es el relato constitutivo de la Familia amigoniana, lo que comienza a definir esa identidad colectiva.

La solidaridad es la actitud que une entre sí a los que participan de una misma identidad colectiva. Incluye tres sentimientos: el de pertenencia, que asegura la cohesión interna del grupo; el de corresponsabilidad, que asegura la fidelidad del grupo a la finalidad o misión para la que nació; y el de atracción en torno al líder común, que se convierte en centro de referencia y fuente de criterios comunes. La vitalidad del grupo dependerá de la vivencia de estos sentimientos como resultado del proceso de formación.

Para que una persona pueda integrarse en la identidad colectiva ha de sentirse reconocida en la narración que sostiene dicha identidad. El proceso de formación ayudará a revivir el “mito inicial” (la historia fundacional) y a capacitarse para narrar la propia historia como actualización de aquel mito. El integrarse en una identidad colectiva lleva consigo el compromiso de continuar el relato desde la misma intriga. El nivel narrativo amplifica el breve horizonte de la experiencia inmediata y hace que cada persona se sienta parte de una historia mucho más amplia, en la cual encuentra sentido y comprensión su pequeña historia. Y, si la fe está como punto de mira, podrá descubrirse como parte de una historia de salvación que desborda los límites geográficos y temporales.

Por el peligro de fragmentación que existe hoy y la mayor diversidad en la Familia Amigoniana, para no perder la fuerza de atracción y cohesión, es necesario definir muy bien y acompañar en la vivencia de las experiencias configuradoras que dan consistencia a la identidad colectiva. Son referencia común para los que quieran integrarse en ella y aportan su significado más rico cuando pueden ser leídas a la luz de los orígenes y de la experiencia actual de la Familia Amigoniana:

  • Experiencia de encuentro con un Dios Misericordioso, un Cristo Redentor y Buen Pastor que ha venido a buscar y salvar al que está perdido. Experiencia que transforma y capacita para ser misericordiosos con los demás.
  • Mística de la colaboración en la Redención de Cristo al estilo de la Sagrada Familia y, en ella, de nuestra María Dolorosa. Conforma a sus miembros como Zagales de Cristo, Buen Pastor.
  • Vivencia del espíritu franciscano que configura la presencia, la vida comunitaria, donde prima la caridad fraterna, la sencillez, la minoridad, el servicio, la hospitalidad, la alegría, la paz…
  • Vivir la misión expresando la misericordia de Dios con los alejados, con predilección por los niños y jóvenes en dificultad junto a sus familias. Experiencia de que el Reino avanza donde los pobres y los pequeños, los alejados, son evangelizados.
  • Un estilo educativo que parte de la acogida y la aceptación incondicional por parte de los educadores y de la comunidad educativa, siempre con una presencia encarnada y testimonial, en un clima de afecto, de familia, que hace del educando el artífice principal de su crecimiento, respeta su libertad y su propio ritmo y le lleva a tomar conciencia de su dignidad como persona y como hijo de Dios. Opción especial por los más desfavorecidos.
  • Iluminación y referencia continua con los modelos espirituales: la Sagrada Familia y, en ella, nuestra Madre Dolorosa, S. Francisco, Luis Amigó, los y las Mártires de la Familia Amigoniana.
  • Sentirse miembro activo de la Familia Amigoniana, desde una vocación y unos ministerios concretos, con todos aquellos que participan del mismo Carisma, con sentido de identidad y pertenencia.

La Familia Amigoniana surge de la opción mutua entre las personas que quieran consagrarse o comprometerse para seguir sirviendo desde la comunión a la misión Amigoniana. La participación en los proyectos concretos y en las comunidades amigonianas locales es paso obligado para descubrir la Familia Amigoniana y para un posible compromiso con ella. La formación de la comunidad local es un objetivo prioritario, pues ella es encarnación de la identidad, lugar donde nace y renace la Fraternidad. Se ingresa oficialmente en la Familia Amigoniana a través de la Profesión, del Compromiso o de otros pasos… De esta forma se llega a ser Zagal del Buen Pastor integrando la Fraternidad Amigoniana para la acogida, integración y dignificación de los alejados y perdidos fundamentalmente a través de un proceso educativo-evangelizador.

Dan este paso los que perciben esa experiencia de comunión como llamada a dar continuidad a la acción educativa-evangelizadora con los alejados y perdidos más allá del espacio y del tiempo. Debe ser un Compromiso estable y radical. Se necesitan personas que den prioridad a asegurar, con su presencia, el mantenimiento del proyecto, especialmente en su dimensión de universalidad. Y la fidelidad del proyecto a sus objetivos iniciales y a sus destinatarios preferidos necesita a los “profetas”, es decir, personas que asumen una cierta radicalidad para vigilar esa fidelidad.

El Compromiso nos une a una comunidad de hermanos. Comprometerse con la Familia Amigoniana es, ante todo, una experiencia de comunión por la participación en el carisma común, en un sistema de relaciones fraternales no basadas en la simpatía ni en el trabajo sino en la llamada del Señor. Es con las personas antes que con las obras. Ya no es sólo “participar en” sino “pertenecer a”, “ser interdependiente”. El Compromiso tiende a hacer más visible el signo de la Familia, del mismo modo que el objetivo inmediato de la Familia es constituir la “comunidad-signo”. Podrán surgir comunidades formadas por personas de identidades amigonianas diversas: religiosos/as, laicos (matrimonios o célibes), sacerdotes,… una nueva comunidad heterogénea, cuyos miembros realizan juntos un único proyecto en función de la misión común. La comunidad no
borra las diferencias sino que fomenta la complementariedad de las identidades.

El Compromiso es un salto, un cambio de nivel, una dinámica de superación. Superación de lo inmediato, las simpatías personales, no para renunciar a ellas, sino para relativizarlas en función de un horizonte más amplio, el de la comunión para la misión amigoniana. En esta comunión entran otras personas a las que no hemos elegido, pero con las que nos sentimos convocados para la misión amigoniana. La responsabilidad que se asume comunitariamente ante Dios y ante la Iglesia respecto de la misión, adquiere prioridad frente a las apetencias o intereses personales.

El Compromiso es una ofrenda, más que un contrato porque la Familia Amigoniana es más una comunión de personas reunidas por el Espíritu que una organización. Se expresa en forma de voto promesa, signo de disponibilidad, etc., y señala los tres destinatarios de la ofrenda: Dios, los otros integrantes de la Familia y los niños y jóvenes necesitados de educación-evangelización. El objeto de la ofrenda es la propia persona y su vivencia en solidaridad del carisma Amigoniano, no tanto mantener los proyectos y obras existentes. El Compromiso debe ser discernido, situado en un itinerario en el que la persona va descubriendo lo que Dios le pide y decide la dirección de su vida desde el conocimiento de las propias capacidades. Aun así, tiene riesgos que hay que asumir.

La fidelidad a la raíz, lejos de conducirnos a la inercia o a la repetición de fórmulas pasadas, estimula en nosotros la creatividad. Fidelidad y creatividad serán las dos condiciones esenciales para que nuestra identidad Amigoniana se mantenga viva y con capacidad de regenerarse. La identidad es algo vivo, no un esquema cerrado. Es una narración continuada. ¿Cómo recrearla
hoy?

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