Francisco de Asís

San Francisco de Asís

En el siglo XIII y en el contexto de una sociedad feudal muy estratificada y con muchas desigualdades y privilegios, donde la mayor parte de personas vivían prácticamente como esclavos al servicio de los nobles y donde incluso la Iglesia pecaba también de poca autenticidad y de complicidad con los poderosos, surgió Francisco en la ciudad de Asís, Italia.

Era un joven acomodado y satisfecho en la sociedad de su tiempo porque su padre era un rico comerciante, Pietro de Bernardone, unido a doña Juana Pica, francesa. Sin embargo, en su corazón todavía quedaba espacio para altos ideales. Era una persona apasionada, con unas ganas locas de ser feliz, de entregarse por entero a algo o alguien que diera sentido a su vida, pero ¿cuál? Nadie pudo dar respuesta a sus inquietudes, ni el comercio de su padre ni sus proyectos de ser un caballero famoso…

Por eso, emprendió un largo camino de búsqueda que le fue abriendo a una fe personal. Le habían hablado de un Jesús que estaba en los retablos, que vivió y murió hace muchos años, pero en su búsqueda se encontró con el Jesús vivo que le ofrecía su amistad y le invitaba a seguir su proyecto de amor.

Un día se encontró con un leproso e intentó apartarse de él porque le daba asco. Sin embargo, pasado este primer momento, se acercó y lo besó. Francisco visitaba mucho una iglesita a las afueras de Asís, S. Damián. Allí, en silencio, y desde la sencillez adquirida con los pobres, fue capaz de escuchar la voz de Dios que le hablaba desde el crucifijo pidiéndole que reparara su Iglesia. Dejó su riqueza y su orgullo para compartir la vida de los pobres, encontró la felicidad amándoles al estilo de Jesús, sin esperar nada a cambio… Todo esto dio un rumbo nuevo a su vida, empezaba a gustar el proyecto de Jesús y le apasionaba.

Fue entonces cuando, desnudándose en la plaza pública, se desprendió hasta de sus ropas, dando a entender que lo dejaba todo para seguir más radicalmente a Jesús. Iniciaba así un camino de penitencia tratando de hacer vida el Evangelio, su gran pasión, su vocación. Ahora su casa era la naturaleza, su vestido unos trapos de pobre, su única preocupación, vivir en profundidad siendo consciente de cada pequeño detalle y dando gracias a Dios por todo. Se ocupó de reparar la iglesita de San Damián, ayudaba a los enfermos que encontraba en su camino, trabajaba también con los campesinos en los trabajos del campo, tan solo a cambio de algo para comer.

Pasaba muchos ratos de oración en medio de la naturaleza, contemplando en todo la presencia de Dios, dedicándose a su alabanza. Era la suya una oración más afectiva que racional, dejaba que brotara de su corazón todo tipo de expresiones de afecto hacia el Dios Altísimo, todo Bien, Sumo Bien. Él mismo compuso el Cántico de las criaturas en el que daba gracias por cada elemento de la naturaleza y de todos se sentía hermano: hermano sol, hermana luna… Se había “curado” ya de ese afán de eficacia, de utilitarismo, de consumo que imperaba en la sociedad.

Francisco inició en solitario este camino; no tenía, al principio, la más mínima intención de fundar una orden o algo por el estilo. Sin embargo, su testimonio atrajo pronto a otros jóvenes, entre ellos algunos de sus amigos anteriores. Le veían feliz y querían participar de esa misma felicidad que no encontraban en la sociedad. Unidos ya varios, acudieron al evangelio para descubrir lo que Dios quería de ellos. Abrieron a suertes sus páginas: “vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, toma tu cruz y sígueme”. Esto fue, desde ese momento, su programa de vida. Lo pusieron en práctica enseguida renunciando a todo lo que tenían y repartiendo sus bienes entre los pobres.

Francisco daba gracias a Dios por haberle dado hermanos. Se va formando así la fraternidad en donde sus miembros, convocados por el Señor, se sienten hermanos, llamados a amarse según el mandamiento de Jesús, a compartir en totalidad sus vidas y ponerlo todo en común, a instaurar entre ellos unas relaciones basadas en el servicio… Quiso Francisco separarse de otras formas de comunidad en las que se reflejaban las distinciones y desigualdades propias de la sociedad. Viviendo así, todos reconocían que Jesús estaba entre ellos porque se sentía su amor presente en medio de la fraternidad.

Los hermanos -así se llaman entre sí los seguidores de Francisco-, vivían la libertad de los hijos de Dios. Hacían durante el día toda clase de tareas para ayudar a la gente. Vivían muy pobremente y dedicaban mucho tiempo a la oración. Un día se acercó Clara, una joven de Asís de familia noble, y les pidió que la admitieran entre ellos. Se sentía llamada por el Señor a seguir el mismo proyecto de Francisco. La alegría fue muy grande porque la comunidad se extendía. Más tarde se le unieron otras jóvenes y se establecieron alrededor de la iglesia de S. Damián, ya reconstruida.

Tuvo Francisco una fuerte ansia misionera. Sentía que no podía quedarse callado después de haber experimentado a Jesús en su vida. Envió, por tanto, a sus hermanos de dos en dos, por todo el mundo, a cantar las maravillas del gran rey, Dios. Con solo su presencia, su sencillez, su austeridad, asombraban a la gente, era su mejor mensaje. El mismo Francisco fue hacia Oriente, hasta el palacio del sultán para hablarle de Cristo.

Le gustaba imponerse ciertas penitencias para asemejarse cada vez más a Jesús en su sufrir por el amor. No obstante, su verdadera penitencia fue ir día a día cambiando aquellas cosas que le alejaban de Cristo, que le impedían el amor, renunciar a todo tipo de riqueza que le separara de los pobres, enfermos, marginados… preferidos de Jesús. La penitencia lo dispuso más, si cabe, para el amor a Dios y a los hermanos.

Francisco descubrió en su camino la paz y la alegría. Una paz que viene de la presencia de Cristo en su vida y de su opción de pobreza y sencillez. La pobreza le dejaba más libre para compartir todo con los hermanos. El pobre no tiene nada que defender, por eso puede vivir en armonía y dejar brotar la alegría que nace de la libertad interior, una alegría que fácilmente se contagia.

Es famoso el himno franciscano que empieza con estas palabras “Hazme Señor instrumento de tu paz…” Francisco descubrió la paz auténtica porque fue a buscarla en su verdadera fuente, Dios. Seguramente hoy Francisco estaría al frente de los movimientos por la paz y la no violencia, no tan solo gritando, sino siendo, ante todo, hombre de paz desde Dios.

En su apasionamiento, quiso ser el más pobre entre los pobres, el último, el menor. Por eso gustan en llamarse sus seguidores “hermanos menores”. Su distinción era no aceptar privilegios ni aplausos, no acumular cosa alguna, destacar en simplicidad y sencillez… porque precisamente su valioso tesoro era Jesús que llevaban en su corazón.

Sobresalió también Francisco por su amor a la naturaleza, mirándola desde la fe y en actitud de contemplación. Sí, porque solo los sencillos como él que no están dominados por el ansia de tener, pueden darse cuenta de las maravillas de la creación, reflejo de Dios. Francisco ha sido designado patrono de los ecologistas, de los comprometidos en defender la naturaleza. Nos invita a dejarnos cautivar por el encanto especial que Dios ha puesto en todo lo creado.

Al final de su vida, los hermanos de la Orden habían aumentado mucho y no todos estaban dispuestos a seguir con tanta exigencia este camino evangélico. Por eso, renunció al cargo que tenía de ministro, que quiere decir servidor, y se retiro al monte Alverna. Tenía tan solo 44 años, pero estaba muy enfermo por la vida de austeridad y servicio.

El Señor le llevó a un gran desprendimiento incluso de lo que creía su obra, de sus expectativas acerca de la Orden que había fundado. Sintió fuertemente su limitación, pero esto le llevó a confiar más plenamente en el Señor y a ponerlo todo en sus manos. Fue entonces cuando se identificó tanto con Cristo que experimentó en su cuerpo las mismas llagas que él tuvo y quedó invadido por su mismo amor.

Desposeído de todos los honores, sin que nadie aplaudiera su obra, pudo Francisco revivir los primeros momentos de su vocación. Solo así, con la confianza del que se siente inmensamente amado por Dios y satisfecho, por haber realizado en todo su proyecto de amor, pudo también recibir, como hermana, la muerte, la hermana muerte.

Esta es la vida de Francisco. Con apasionamiento concretó en su tiempo el Sueño de Comunión del Padre en Jesús. Estas fueron sus opciones que hoy nos lanza como reto por si tenemos el coraje de ponernos en camino:

  • Frente a un Dios acartonado y de museo que le presentaban, él inicia un recorrido para encontrarse con el Dios vivo que sale al encuentro.
  • Frente a una sociedad de clases, promueve una fraternidad de hermanos iguales en dignidad y servidores unos de otros, en donde los primeros son los que sirven, los más necesitados.
  • Entre tantas ofertas de felicidad descubre y se apasiona por el Evangelio, por el proyecto de Jesús, y se propone vivirlo a fondo y hasta el final, sin disminuir un ápice su exigencia.
  • Cambia la actitud de repulsa que le brotaba instantáneamente ante los pobres por la dulzura de ver en ellos a Jesús y dedicarse a su servicio.
  • Se retira frecuentemente para gustar de la contemplación, pero cree también que el Señor le envía a anunciar la buena noticia a los que lo rodean e incluso en lugares fuertes de misión. Por eso envía a sus hermanos, de dos en dos, por todo el mundo.
  • Frente a tanta superficialidad, descubre la verdadera paz y alegría en su corazón habitado por Dios. Mira con ojos nuevos la naturaleza sintiéndose en hermandad con ella, puesto que ha brotado del mismo Dios, Padre de todo y de todos.

Ojalá nos dejemos, también nosotros, apasionar por este proyecto…

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