Jesús de Nazareth

Jesus_de_Nazareth

Hace 2000 años nació un niño, un niño como todos los demás y en un lugar concreto de la tierra: Israel. Sus padres fueron José, un pobre carpintero, y Maria. Sin embargo, en medio de esa sencillez, Dios se manifestó de forma especial. Así lo comprendieron sus padres y muchas personas que fueron a verlo. Se estaba realizando en Él el misterio de un Dios que, para manifestar la locura del Amor hacia el hombre, no duda en renunciar a su condición y compartir en todo la nuestra. Es la actuación típica de un Amor como el de Dios, que no busca imponerse, sino ser aceptado también en clima de amor y cariño.

De María su Madre, junto a José, su esposo, aprendió las primeras palabras para dirigirse a Dios. Ella, mujer profundamente creyente, lo educó desde la fe y le enseñó a vivir conforme a lo que el Padre quería de Él. María, José y Jesús forman una familia unida en estrechos y cálidos lazos, una comunión de vida en la que pueden crecer, un espacio en donde encuentran acogida y consuelo especialmente los pobres y pequeños, una comunidad de fe y apertura al designio de Dios. Será éste, el ambiente adecuado en el que se va gestando el proyecto de Jesús.

Ya desde el principio, cuando presentó a su hijo en el templo, María experimentó la realidad del dolor al escuchar las palabras del anciano Simeón. Será una constante a lo largo de su vida, por la fidelidad al designio de Dios y la unidad que mantendrá con la entrega amorosa de Jesús. De pequeño, Jesús, era como cualquier niño de su edad. Los evangelios resumen esta etapa de su vida diciéndonos que crecía en estatura, en conocimientos, en responsabilidad y en cercanía a Dios y a los hombres.

Su relación con Dios se fue haciendo progresivamente más íntima y personal. Le gustaba irse largos ratos a un lugar retirado para orar. Descubrió que Dios es Amor Misericordioso, que le quería apasionadamente, que en todo momento estaba a su lado e iluminaba su vida. Llegó a tener una relación tan especial con Él que en su oración lo llamaba “Papaíto”. Un gran atrevimiento en el Israel de aquel tiempo en que se prohibía pronunciar el nombre de Dios.

Comenzó a vislumbrar el designio del Padre sobre el mundo y los hombres: formar una gran familia en torno a Él, en donde todos tengan cabida, también los pobres y pequeños, y puedan disfrutar de su Amor. Fue entonces cuando empezó a darse cuenta del proyecto para el que estaba llamado y se identificó totalmente con él.

La vida de Jesús cambia a partir de esa experiencia. Siguió en su casa, pero ahora todo era distinto para Él porque lo vivía desde la relación que tenía con su “Papaíto”. Había empezado un intenso proceso por hacer suya la voluntad de su Padre y por hacer efectiva su entrega de amor hacia los demás. Tomó tiempo para madurar su opción, la Aventura lleva su ritmo.

Cuando tenía treinta años se decidió a concretar su misión. Los evangelios nos cuentan como momentos importantes en este comienzo el bautismo, recibido de manos de Juan el Bautista, y las tentaciones experimentadas en el desierto. Quieren expresarnos que ese Jesús es el Hijo amado del Padre, el que está lleno del Espíritu para realizar su misión. Como hombre, se sintió tentado a utilizar opciones, a nivel humano atrayentes, pero que no coincidían con las del Padre: opciones violentas de los que querían instaurar el Reino por la fuerza, opciones que buscan ante todo el tener, el poder o el prestigio… Estas tentaciones acompañaron a Jesús durante toda su vida, pero Él siempre respondió poniendo como único absoluto a Dios y viviendo en todo desde Él.

Se presentó a los hombres de su tiempo anunciándoles la Buena Noticia de la llegada del Reino e invitándoles, para acogerlo, a una profunda conversión. El Padre está interviniendo ya en el mundo para transformar todo con su Amor, para hacer realidad su designio de solidaridad y comunión con todos los hombres, sus hijos, para hacer del mundo el escenario donde Él reine, reine el amor, reine la paz. Esta Buena Noticia, pide un cambio de mentalidad, un compromiso a todos los que escuchan: acoger ese Reino y colaborar con el Padre en su desarrollo.

Pronto tuvo los primeros seguidores. Él mismo escogió a doce como apóstoles, eran la mayoría pescadores y gente sencilla. Entre ellos había también un cobrador de impuestos, considerado pecador. Los llamó y los invitó a compartir su vida y misión. Ellos le siguieron porque vieron en Jesús algo especial que les atraía. Había, además de los doce, otros grupos que seguían a Jesús desde su específica situación y a distintos niveles de compromiso.

Eran típicas en aquel tiempo las escuelas de la ley en donde un maestro, preparado para ello, reunía a varios discípulos que deseaban participar. El maestro se situaba en una posición de privilegio, el contenido de las enseñanzas era la ley judía, los discípulos llegaban a ser, a su vez, maestros y formaban su propia escuela.

En el grupo de Jesús, es Él el que llama a quien quiere y como quiere. No lo hace con expectativas humanas, sino que elige a personas más bien sencillas. Invita a una comunión de vida y misión con Él. Se hace servidor de todos y enseña con el ejemplo. Pide renunciar a las propias seguridades para ponerse en camino de seguimiento. Trata a cada uno de forma personalizada. Solo Jesús es Maestro, todos los seguidores serán siempre discípulos. En torno a Jesús y su proyecto de comunión, surge la primera comunidad cristiana, seguirle es sentirse convocado a formar comunidad.

Jesús, con sus apóstoles, se puso a enseñar de forma similar a los maestros de su época. Sin embargo, la gente sentía algo especial en Él, enseñaba con autoridad. Estaba convencido de lo que enseñaba porque lo había experimentado. Se percibía en Él la unidad entre los valores que proclamaba y su vida concreta.

Recorría los pueblos anunciando la buena noticia del Reino y dando signos de que era ya una realidad: sanaba a los enfermos, liberaba a los endemoniados, perdonaba a los pecadores… aportaba esperanza a todos los que entraban en contacto con Él. Los milagros que nos cuentan los evangelistas no son actos de magia o de grandeza humana, sino signos que confirman el mensaje de Jesús. Hablaba del Reino a través de parábolas, comparaciones simples y cercanas tomadas de la vida cotidiana, para que la gente pudiera entender.

La única ley, en ese Reino que anuncia Jesús, es el amor. Los fariseos y maestros de la ley querían imponer cargas pesadas a la gente, ponían incluso la ley por encima de la persona. Él nos dice que la ley está al servicio del hombre y que la plenitud de la ley es el amor. Nos da así el mandamiento nuevo que consiste en amarse como Él nos ha amado, hasta el extremo de entregar su vida. No hay límites en el amor, incluso a los enemigos. Éste será el distintivo de los que le siguen, por el amor serán conocidos como cristianos.

Jesús es el hombre libre, libre ante su familia y amigos, libre ante todas las opciones políticas y religiosas de su tiempo, ante los condicionamientos sociales, libre ante la ley, el templo y todo el aparato religioso de su pueblo. Libre también de las ansias de tener, de poder, de prestigio. Para estar plenamente dispuesto al servicio del Reino que le apasionaba por completo, optó por un estilo de vida en disponibilidad total al querer del Padre, en pobreza y solidaridad con los pobres, renunció al matrimonio para estar abierto al encuentro y la amistad con todos, con preferencia por los últimos.

La sociedad de su tiempo marginaba a mucha gente: enfermos, publicanos y pecadores, mujeres y niños, paganos… no tenían acceso a unas relaciones normales con los demás ni tampoco a la religión de su tiempo. Eran marginados de la sociedad y de Dios, estaban lejos de la salvación. Jesús optó por ellos y los llamó bienaventurados porque comprendió que su Padre los tenía como sus predilectos, que eran los primeros destinatarios a su Reino.

En consecuencia, se acercó a ellos para manifestarles el amor misericordioso del Padre, único capaz de rehabilitarles en su dignidad como personas e hijos de Dios. Expresó esto a través de parábolas tan bonitas como la del hijo pródigo, la oveja perdida, el buen samaritano, Zaqueo, la pecadora arrepentida… Todas ellas acababan celebrando un banquete porque esas personas perdidas y alejadas de Dios habían vuelto a Él. No dudó en situarse incluso al margen de la ley o en contra de las clases dirigentes de su tiempo con tal de salir a su encuentro y llevar a todos hacia el Padre.

Al principio eran muchos los que le seguían, la mayoría por expectativas humanas. Veían en Él un mesías político que iba a liberarles del poder de Roma, un gran líder que respondería a sus intereses. Poco a poco, le fueron abandonando. Las clases dirigentes empezaron a verlo con recelo porque denunció sus incoherencias y cuestionó todo un sistema social y religioso injusto que marginaba a los hombres y les impedía llegar a Dios.

Jesús era consciente de esta hostilidad hacia Él y va preparando a sus apóstoles para enfrentar la situación. Con ellos, se pone en camino hacia Jerusalén para celebrar la Pascua, fiesta por excelencia de los judíos. Allí es recibido primeramente como rey, aclamado con palmas. Pero no puede evitar en esos días cuestionar el templo, porque no servía para el encuentro de los hombres con Dios; y curar en sábado a aquellos que estaban oprimidos por la enfermedad y el sufrimiento… Las clases dirigentes empezaron a planear su muerte.

Llegó la noche de la cena pascual judía y Jesús se reunió con sus apóstoles. En medio de la cena, en la que celebraban el paso de la esclavitud hacia la libertad de Egipto, Jesús tomo pan y lo paso a sus apóstoles diciendo que era su Cuerpo entregado. Lo mismo hizo con el cáliz diciendo que era su Sangre derramada por todos. Cuando lo hubieron compartido, les dijo que continuaran haciendo esto en memoria suya. Inauguró así la nueva alianza de Dios con los hombres que consiste en el paso de la esclavitud del pecado y de la muerte a la liberación de la vida que viene, no ya del sacrificio de animales, sino del único sacrificio de Cristo que se entrega por todos nosotros.

Los que compartieron el Cuerpo y la Sangre de Jesús fueron invitados a continuar su proyecto de amor, entregándose de la misma forma por los demás. El evangelio de Juan nos dice lo mismo al contarnos cómo Jesús lavó los pies de sus apóstoles en actitud radical de servicio. Aceptar ser lavado por Él es asumir esa misma actitud de servicio y entrega para con todos. Después de la cena les dijo palabras muy cálidas, les llamó amigos, les invitó permanecer en su amor, les prometió el Espíritu Santo… Y fueron a orar a un lugar ya habitual, el huerto de los olivos.

Jesús intuía que su vida corría peligro, pero no intentó escapar. Tenía que ser consecuente con el sueño de comunión que había vivido y predicado y que ahora estaba en cuestión. Fue un momento muy duro para Él. Humanamente era difícil aceptar este hecho de la muerte, se sintió solo y tuvo miedo, pero al final confió en su Padre. No sabía cómo, pero estaba convencido de que el Padre, a través de su entrega, llevaría adelante su Reino, su Plan de Salvación. Aceptó, pues, la muerte y la ofreció al Padre por amor a todos los hombres.

La cruz era en ese momento el instrumento de tortura más terrible y vergonzoso. El que moría en la cruz era considerado un malhechor, un bandido. A los ojos de los hombres había quedado como un fracasado. Los que lo habían seguido quedaron totalmente decepcionados y volvieron a sus casas. Tan solo quedaron al pie de la cruz Maria, su madre, constantemente asociada a su entrega amorosa y, por tanto, colaborando en su Redención, en la salvación de los hombres; el discípulo amado y otras mujeres… Antes de morir nos dejó a María como Madre de la Iglesia que ahora nacía.

Sin embargo, la última palabra la tenía el Padre, y la manifestó con fuerza resucitando a Jesús. Expresaba así que su proyecto era el auténtico, el único camino para llegar a Él; que a través de la entrega de Jesús, vence en nosotros el egoísmo y la muerte y nos salva, invitándonos a compartir su misma vida; que los que aceptamos compartir la el sueño de Jesús estamos abiertos a su mismo destino de vida y resurrección.

Los apóstoles experimentaron que Jesús había resucitado cuando se amaban y amaban a los demás, cuando se reunían en comunidad para rezar, cuando profundizaban las escrituras en donde se hablaba del destino de Jesús o celebraban la eucaristía en su nombre… Cuando se ponían en acción de evangelizar, de comunicar la buena noticia del evangelio, se sentían transformados y abiertos a la esperanza por la presencia del Resucitado entre ellos. Definitivamente estaba vivo porque un muerto no puede hacer tales cosas, no puede cambiar de tal forma la vida de esos pescadores, antes atemorizados.

El acontecimiento que les confirmó en esta experiencia del Resucitado fue el don del Espíritu Santo que recibieron en la fiesta de Pentecostés. El Espíritu les hizo comprender la Aventura y les dio fuerzas para ser testigos de Jesús. Les unió en comunidad, hizo posible la comunión entre ellos. Nació propiamente aquí la Iglesia.

Y se lanzan por todo el mundo dando testimonio de que Jesús había resucitado, predicando su evangelio y bautizando a aquellos que se convertían para agregarlos a la Iglesia. Comunican ante todo que el Reino ha dado ya comienzo con Jesús, que Jesús es el Hijo de Dios porque ha sabido hacer realidad el Sueño del Padre. Jesús es la auténtica imagen de Dios y la auténtica imagen del hombre porque realizó como nadie la vocación al amor.

Entre todos los títulos que utilizó la primera comunidad cristiana para expresar su fe en Jesús resucitado está el de Buen Pastor. En el antiguo testamento ya se hablaba de Dios como pastor, puesto que el pastoreo es una actividad típica en el pueblo de Israel. Ahora se nos dice de Jesús que es el Buen Pastor que conoce a sus ovejas, las llama por su nombre, va delante de ellas con el ejemplo, las guía, protege, las alimenta con buenos pastos, da su vida por todas. Jesús es también el Buen Pastor misericordioso que busca a la oveja perdida y no duda en arriesgar su vida para devolverla a su redil, al Padre. Es el Cristo redentor, salvador, que se entrega para que todos, especialmente los alejados y perdidos, tengan vida y vida en plenitud.

La comunidad cristiana, la Iglesia, animada por el Espíritu, continuó la tarea de los apóstoles. Es la comunidad depositaria de la misión de Jesús, la comunidad empeñada en hacer realidad en nuestro mundo el Reino de Dios. La Iglesia es la encargada de prolongar la Redención de Jesús a todos los hombres y a todas las épocas. Lo hace a través de la Palabra de Dios y los sacramentos que son encuentros privilegiados con Él, celebraciones en las que, mediante determinados signos, Él mismo se hace presente y nos comunica su amor.

El bautismo y la eucaristía fueron, desde el principio, los sacramentos más importantes. Por medio del bautismo, el Espíritu incorpora a la persona que lo recibe a Cristo para vivir de Él, y la hace miembro de su Iglesia. La eucaristía es el sacramento central porque celebra la muerte y la resurrección de Jesús, que se actualiza para todos nosotros. Los que comulgamos su Cuerpo y su Sangre nos comprometemos a continuar en nuestra vida su Aventura, trabajar para que lleguen también a esa mesa eucarística los alejados y perdidos y se haga realidad aquí entre nosotros el Banquete que nuestro Dios prepara para todos sus hijos e hijas. Por eso, en el sacramento de la penitencia se manifiesta visiblemente la misericordia de nuestro Dios que vence en nosotros todo mal y todo pecado y nos invita a ser signos de su amor.

Es el Espíritu de Jesús el que guía a la Iglesia y la enriquece con sus carismas, dones, tanto personales como comunitarios, para la construcción de la comunidad. S. Pablo nos cuenta cómo la primera comunidad estaba llena de estos Carismas y se organizaba con diversos ministerios o servicios para la misión evangelizadora.

En los primeros siglos de la iglesia, el Espíritu suscita carismas que expresan caminos de radicalidad en la vivencia de fe, suscita el deseo en algunas personas que los viven de consagrarse más por entero a Dios. Surge así la Vida Religiosa como una opción de especial consagración. Los religiosos son cristianos que, animados por el Espíritu, pretenden vivir comunitariamente el mismo proyecto histórico de Cristo y entregarse por completo a una faceta de su misión por los pobres y los pequeños.

Con Jesús, el Padre nos ha dado todo lo que podía darnos, se ha dado a sí mismo. Pero la cosa no termina aquí.

ESTE SUEÑO DE COMUNIÓN DEL PADRE EN JESÚS CAUTIVÓ A MUCHAS PERSONAS QUE, INMEDIATAMENTE, SE PUSIERON EN CAMINO…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*
Website

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.