La Familia Amigoniana

Marginación

El Sueño del Padre en Jesús a través de Francisco y Luis Amigó ha llegado a nuestros días. A pesar de los grandes avances científicos y del bienestar que gozamos, sigue habiendo hoy una gran problemática social. Cada vez va en aumento la marginación, los índices de pobreza, delincuencia, drogadicción…

Luis Amigó no guardó para sí su experiencia, la comunico a todos y ofreció compartirla con él. Nació así la Familia Amigoniana con todos aquellos que acogieron la invitación a vivir el proyecto de Jesús al estilo Amigoniano.

Sabemos que Luis fundo las religiosas y religiosos, hermanas y hermanos, en 1885 y 1889, respectivamente. Les llamó Terciarias/os porque pertenecen a la Tercera Orden de S. Francisco y Capuchinos/as porque él era religioso Capuchino, de los que fundó S. Francisco. ¿Qué le motivó a ello? Lo sabemos si hemos leído el capítulo anterior. Por una parte, el cariño especial que tenía por la gente pobre y marginada con la que había tratado. Por otra, ofrecer propuestas de mayor radicalidad a las y los jóvenes deseosos de mayor compromiso que participaban en las comunidades que animaba.

Precisamente estaba proyectando la forma de vida para las Hermanas cuando se le presentaron unas mujeres que ya vivían en común en un santuario y le pidieron que las admitiese en la nueva Congregación. En todo esto Luis vio la mano de Dios que impulsaba la fundación. El 11 de mayo de 1885 se constituyeron como familia religiosa en el santuario de Montiel, situado en Benaguacil, Valencia, España. Son las Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia.

Pronto tienen estas religiosas la ocasión de demostrar la entrega que conlleva su consagración religiosa. Hubo una gran epidemia de cólera por aquel entonces y fueron llamadas desde Masamagrell para atender a estos enfermos. Aunque Luis no quiso de ningún modo obligarlas, y aun sabiendo que les podía costar la vida, se ofrecieron todas. Designaron a cuatro de ellas que, ya en la misión, amaron a los enfermos de cólera hasta dar su vida por ellos. Un bello testimonio de amor que estimuló sin duda a otras jóvenes a seguir a Jesús desde el proyecto de Luis Amigó.

Murieron tantas personas que, cuando pasó esta epidemia, quedaron muchos niños huérfanos y abandonados. Sensibles a los signos del Señor y al sufrimiento de las personas, no les pasó desapercibida esta situación a Luis y a las Hermanas. Pronto decidieron acogerlos en una casa que encontraron para tal fin en Masamagrell. Era su segunda casa, cuyo fundamento fueron las Hermanas que habían dado su vida en ese mismo lugar. Lo hicieron sin calcular, sin seguridades, a impulso del amor. Se mantenían tan sólo de limosnas y donaciones; pasaron muchas penalidades, pero estaban felices porque se sentían realizando la obra de Dios en esos niños y niñas.

Todos estos acontecimientos impulsaron también la fundación de los Religiosos Terciarios Capuchinos o Amigonianos. Luis lanzó su propuesta a los jóvenes de alrededor: consagrarse completamente a Dios en la entrega a los presos y a los niños en dificultad. Pronto se enteraron y se presentaron varios para seguir este proyecto. Les resulta simpática la idea. Fueron a él, entre otros, dos jóvenes sacerdotes, uno de Masamagrell y otro de Benaguacil, los dos parecían muy dispuestos. Sin embargo, días después, se le presentó el segundo y, para evitar el compromiso, empezó a acusar a Luis diciendo que estaba loco, que su proyecto no contaba con medios y no tendría éxito. Decepcionado, se fue…

Se le presentó también un tal José Valenciano, de familia rica y muy conocido. Todos se alegraron porque dio mucho prestigio a la nueva Congregación. Pero cuando faltaban pocos días para formarse el grupo de los primeros aspirantes, este joven abandonó diciendo que le resultaba muy pesado el camino emprendido. Algunos se decepcionaron porque habían puesto en él sus esperanzas. No así Luis, pues tenía claro que aquello era obra de Dios y no de los hombres.

Por fin llegó el día esperado de la reunión de estos jóvenes para empezar a caminar como comunidad e iniciar su formación. Fue el 12 de abril, festividad de nuestra Madre de los Dolores aquel año 1889, que sería, por voluntad de Luis, la Patrona de esta Congregación de Terciarios Capuchinos o Amigonianos. En una misa solemne celebraron este inicio a la Vida Religiosa y recibieron distintos signos importantes para el camino de formación que iban a seguir. Después, se trasladaron desde Masamagrell a la Cartuja del Puig, antiguo convento abandonado que les cedieron para vivir.

Estos primeros años fueron muy duros. Eran todos jóvenes y con poca experiencia de lo que significaba ser religioso. Luis no podía estar siempre con ellos. Vivían en una pobreza extrema, tenían que pedir para comer. La casa era vieja e incómoda. Por si fuera poco, hubo en aquella zona fiebres por estar cerca de los arrozales. Algunos murieron, otros abandonaron, incapaces de resistir. Sin embargo, muchos seguían adelante a pesar de las dificultades, confiando en Dios y con el apoyo de Luis.

Había, por entonces, en Torrent, Valencia, un joven sacerdote muy querido por todos. Se enteró del proyecto de Luis y decidió ir personalmente a conocerlo con sus amigos. Después de haber compartido con los religiosos toda la tarde, cuando sus amigos regresaban, decidió quedarse como religioso junto a los Amigonianos. Días después, admirados por el ejemplo de este sacerdote, muchos de sus amigos de Torrent siguieron el mismo camino entrando en la Congregación.

Cuando estaban pensando en cambiar de casa, los vecinos de Torrent se enteraron y, por la amistad que les unía a sus paisanos religiosos, les cedieron un antiguo convento en esa ciudad. Aceptaron con gusto y se trasladaron inmediatamente allí junto con Luis. Era un convento abandonado del siglo XVI que después fue destruido en la guerra civil española en 1936. Hoy, en el mismo sitio, pero en un edificio moderno, seguimos estando los Amigonianos.

Las primeras religiosas y religiosos venían, como hemos visto, de comunidades de laicos que animaba Luis. Desde el principio de las dos Congregaciones se empezó también a compartir el Carisma Amigoniano con los laicos del entorno. En Torrent surge una asociación laical que, apoyada por los hermanos, convoca a los niños y jóvenes del pueblo a la catequesis y otros espacios culturales y educativos como el teatro, la música, la recreación. Crece mucho esta asociación y ha llegado hasta hoy. En 1934 se fundó en ella la sección femenina a la que perteneció la Beata Carmen García Moyon, patrona de los laicos amigonianos. Surgieron también otras asociaciones laicales en ese lugar.

No terminaron con esto las dificultades. A Luis lo mandaron sus superiores a Orihuela, Alicante. Fue un duro golpe porque estaría lejos de sus dos Congregaciones. Nombrados los responsables en cada una de las ellas, se marchó confiando en que el Señor continuaría protegiéndolas.

Entre las hermanas surgió el desaliento, porque algunas no querían dedicarse más que a la oración. Recibieron así de mal gusto la fundación para ayudar a los niños de Masamagrell. Por otra parte, tanto las hermanas como los hermanos, fueron invitados para abandonar su proyecto de vida con Luis y pasarse a otro. Eran momentos difíciles en los que todo se puso a prueba. Pudieron superarlo y, posteriormente, afirmaron su unidad y prometieron de nuevo ser fieles al proyecto de Luis en su presencia. Sin duda el Espíritu del Señor les alentaba para ser consecuentes con el camino emprendido.

Salieron fortalecidos al superar todas las dificultades y con ilusión renovada por continuar el camino emprendido. Las hermanas fueron a Ollería, Valencia, para abrir un centro asistencial y hospitalario respondiendo a las necesidades de la gente. Más tarde, en 1905, parten a Colombia para ayudar a las misiones de aquel país ocupándose de la promoción humana de la gente y de comunicándoles la fe en Jesús. Su campo de acción se ensanchaba, así como su disponibilidad… eso atraía a muchas jóvenes a compartir este mismo proyecto.

A los hermanos les llamaron de Madrid para dirigir un centro educativo de jóvenes infractores de la ley que era alternativa a la cárcel, la Escuela de Reforma Santa Rita. Se dieron cuenta de que en este ambiente podían ayudar más que en las cárceles, ofreciendo a los jóvenes un tratamiento educativo que les permitiera superar sus problemas y reinsertarse armónicamente en la sociedad. Muy importante este paso porque, después de formarse, empezaban los hermanos a orientar claramente lo que iba a ser su misión.

Al principio no sabían muy bien cómo ayudar a estos chicos. Poco a poco se dieron cuenta de sus necesidades y empezaron a descubrir cómo responder adecuadamente a ellas. Observaron, sobre todo, que era el amor lo que hacía de aquellos jóvenes rebeldes, personas de bien. Amor que no era darles todo lo que pedían, sino lo que en verdad necesitaban: aceptarlos incondicionalmente, ayudarles a reconocer sus errores y animarles con cariño al buen camino. De esta forma, fueron elaborando su sistema educativo que, hasta hoy, se sigue utilizando en todos los centros que dirigimos los Amigonianos.

En 1902 se dio un hecho importante para hermanas y hermanos: el reconocimiento oficial de su forma de vida por la Iglesia en la persona del Papa. Crecía en ellos el convencimiento de que su proyecto era algo querido por Dios y, por tanto, bueno para su realización personal y para colaborar en la construcción del Reino.

Los Hermanos Amigonianos fueron aumentando y de varios lugares pedían su presencia. Se establecieron en Godella, Valencia, hoy la casa madre de la Congregación. En ella murió Luis más tarde y se han formado mucho jóvenes para ser Amigonianos. Fueron también a Sevilla. De Madrid y Teruel les llamaron para ayudar a niños huérfanos y abandonados en unos centros que han llegado también hasta nuestros días.

Todavía persistía el problema que había detectado Luis de los menores en las cárceles y la influencia nefasta que allí recibían. Para dar respuesta a esta situación, los Amigonianos se propusieron, con la ayuda de abogados amigos, cambiar las leyes que la sostenían. En 1919 apareció en España la Ley de Tribunales de Menores que permitía tratar de forma diferente a los menores que hubieran hecho algo en contra de la ley. A partir de ese momento no se les llevará a las cárceles, sino a centros educativos donde se les ayudará a superarse y a crecer.

El primero de estos centros en España se estableció en Amurrio, Álava, y fue dirigido por los Amigonianos, pioneros en el tratamiento de menores infractores de la ley en el país. Establecieron de forma clara su sistema educativo basado ante todo en el Evangelio y en un trato de amor. Más tarde, en 1931 las Hermanas asumieron una casa de menores en Bilbao. A partir de ahí desarrollan su trabajo apostólico con menores…

Cuando la policía les llevaba algún chico, lo primero que hacían era acogerlo amablemente. Se le hacía un estudio médico y psicológico para conocer su problemática y poder ayudarlo mejor. Se integraba después en un grupo donde recibía un tratamiento pedagógico adecuado a través de distintas actividades formativas. Lo animaban y charlaban mucho con él para saber sus inquietudes y conseguir su adhesión a lo que se le proponía. La evangelización, la apertura a la fe, era algo que fomentaban mucho los religiosos en los chicos, conscientes de que era un dinamismo capaz de transformar por entero su vida.

Los Amigonianos, sabedores de que estos jóvenes presentaban una situación especial y tenían mayores necesidades, buscaban para ellos los mejores medios. A medida que mejoraban su conducta, se les daban más responsabilidades y se les ofrecían propuestas más abiertas: comenzaban a trabajar o estudiar fuera del centro… El chico iba aceptando progresivamente el estilo de vida que se le proponía, hasta que podía regresar con su familia. Había crecido como persona y estaba preparado para reinsertarse armónicamente en la sociedad.

A raíz de esto, en muchas provincias de España se hicieron centros como éste y llamaron a las hermanas y hermanos para que los dirigieran: Zaragoza, Valencia, Sevilla, Bilbao, etc. Con el fin de atender mejor a estos menores, algunos Amigonianos fueron a otros países a continuar su formación y conocer otras experiencias pedagógicas. Pronto alcanzaron gran nivel y se dedicaron a dar cursos para los que querían ayudar en este campo. Poco a poco, la sociedad iba concienciándose del problema.

Se abrieron nuevas rutas: las hermanas fueron a Venezuela y China, los hermanos a Italia y Colombia: Luis estaba contento de este progreso y trataba siempre de apoyarles hasta que, como sabemos, murió en 1934, a los 80 años de edad. Conservamos una carta de Luis de 1926 que es como un testamento espiritual para la Familia Amigoniana. Invita en ella, entre otras cosas, a ser fieles al proyecto de vida que habían acogido, a colaborar, como zagales, con Cristo Buen Pastor, para llevar hasta él las ovejas perdidas, en especial los niños y jóvenes en dificultad, imitar a Francisco de Asís y trabajar por la unidad entre ellos, que es el secreto de la fuerza… Termina su carta bendiciendo a aquellos Amigonianos de entonces y a todos los que hoy somos y nos sentimos Amigonianos.

En España estalló la guerra civil en 1936. Se desató un odio feroz y una persecución contra los sacerdotes y religiosos. Los Amigonianos tuvieron que abandonar sus casas e intentar pasar desapercibidos. Aún así, fueron asesinados varios hermanas y hermanos, algunas de sus casas fueron quemadas y destruidas, sus actividades con los jóvenes paralizadas. Terminada la guerra, en 1939, tuvieron que empezar de nuevo. Habían sufrido mucho y todo se había puesto en contra suya, pero en estos momentos difíciles supieron dar la talla. Conservamos relatos de Amigonianos que, antes de ser fusilados, nos dieron ejemplos heroicos de su fe. Su muerte fue testimonio de un gran amor a Jesús y a los jóvenes. Han sido declarados ya beatos por la Iglesia 19 hermanos, 3 hermanas y una laica amigoniana, Carmen García Moyon.

A pesar de las muchas penalidades sufridas y del dolor por la pérdida de las hermanas y hermanos, los Amigonianos no podían olvidar la misión que les había encomendado Dios por medio de Luis Amigó. Era preciso reconstruir todo lo que el odio destruyó. No tenían prácticamente para comer y los centros que dirigían albergaban un gran número de menores. Invertían muchos esfuerzos en buscar cómo satisfacer las necesidades básicas. Poco a poco, pusieron todas las instalaciones en orden y normalizaron el funcionamiento de los centros. Todo cobraba nueva vida.

En 1937 surge una segunda expresión importante del compartir el Carisma Amigoniano entre laicos y religiosos: se forma una Asociación que se llamó Cooperadores Marianos, en honor de la Virgen. Esta asociación tuvo una actuación importante, sin embargo, con el correr de los tiempos y el cambio de mentalidad de la gente, dará paso a otra.

El centro de Amurrio seguía adelante y cobró fama. Se convirtió en el prototipo para nuevos centros en otras provincias españolas. En él había una escuela para formar nuevos educadores. Para concienciar a la gente en la realidad del menor marginado aparecieron algunas revistas: Surgam en España y Alborada en Colombia. Más adelante, se abre también una universidad amigoniana en este último país y otras iniciativas de formación. Nuevos países llamaron a las puertas de las Hermanas y Hermanos para pedir sus servicios. Poco a poco fueron aumentando su campo de misión, así las religiosas están en la actualidad en 31 países y los religiosos en 19.

El Carisma Amigoniano se extiende rápidamente en América Latina. Las Hermanas fundan en: Panamá en 1947, Brasil en 1948, Argentina en 1949, Costa Rica en 1951, Ecuador en 1952, Guatemala en 1961, Puerto Rico en 1979. Los Hermanos fundan en: Argentina en 1932, Venezuela en 1953 en, República Dominicana en 1956, Panamá en 1969, Nicaragua en 1974, Brasil en 1975, Costa Rica en 1979. Ya en la década de los 80 las Hermanas fundan en Bolivia, República Dominicana, Perú, Chile, Paraguay y México. Y los Hermanos en Chile, Puerto Rico, Bolivia. Posteriormente las Hermanas fundan en Nicaragua, Cuba y Honduras. Los Hermanos en Ecuador, México y Guatemala.

En Europa también continúa la expansión. Llegan las Hermanas en 1956 a Bélgica, en 1959 a Italia y en 1961 a Alemania junto a los Hermanos que llegan en ese mismo año. Y ya en los 90 en Eslovaquia y Polonia también en este último país con los Hermanos.

En 1971 las Hermanas llegaron a África, concretamente al Congo. Hoy están además en Tanzania, Benin y Guinea Ecuatorial. A Asia, Filipinas, llegaron en 1982 y hoy están además en Corea, India y Sri Lanka. Los Hermanos llegaron a Asia, Filipinas en 1986 y a África, Costa de Marfil, en 1993.

El Concilio Vaticano II, en los años 60, introdujo cambios profundos en la Iglesia. Muchas de las costumbres anteriores se acomodaron a los nuevos tiempos. La vida de fe en general cobró una nueva perspectiva. La Iglesia tomó más conciencia de ser comunión, comunidad de comunidades en donde todos los creyentes están llamados a la santidad desde distintas estilos de vida o vocaciones. Se redescubrió el papel del laico y se tomó conciencia de la importancia de los carismas como dones del Espíritu. Fruto, sin duda, de una nueva sensibilidad cultural, se sintió una mayor conciencia de la riqueza del Carisma del que somos depositarios y de la responsabilidad que tenemos de comunicarlo a la Iglesia y la sociedad. Esto ha llevado a abrir un nuevo cauce para compartir el Carisma con los laicos.

Nace así en 1983 la asociación de Cooperadores Amigonianos. En 1992 fue reconocida oficialmente por la Iglesia aprobando su Proyecto de Vida. Cooperadores de Cristo, zagales del Buen Pastor desde su vida de matrimonio, trabajo, sociedad… Las Hermanas Terciarias Capuchinas también realizaron en los años 90 su propio proceso en este tema, dando lugar a una nueva Asociación, el Movimiento Laical Amigoniano, igualmente aprobada por la Iglesia en el 2002. Estas dos Asociaciones constituyen una participación integral en el Carisma Amigoniano como laicos.

Paralelamente a este desarrollo, se abrió paso la creación de los Grupos Juveniles Amigonianos en sus dos etapas Zagales y Juventud Amigoniana. Y otros grupos laicales, asociaciones civiles, educadores, voluntarios, alumnos y ex alumnos… En definitiva, un mismo proyecto, pero con distintos estados de vida o vocaciones, servicios, grupos y comunidades. Todos formamos la Familia Amigoniana.

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