Luis Amigó

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Pasan muchos años, llegamos al siglo XIX en España. De nuevo una época difícil. A nivel político se suceden constantes revoluciones, cambios de gobierno. Se dan profundos cambios sociales, grandes desequilibrios, emerge la clase obrera reivindicando sus derechos. Alrededor de las ciudades se forman cinturones de pobreza con la gente que queda marginada del progreso, surge con fuerza la delincuencia juvenil. La respuesta de la sociedad a este problema se limitaba entonces a la represión y la cárcel.

En cuanto a la religión, hay gobiernos anticlericales que llegan a expulsar a las órdenes religiosas de España. La Iglesia se sensibiliza progresivamente con esta problemática social e influye notablemente en dar respuestas adecuadas. Finalmente, los religiosos pueden regresar a España y surgen nuevas congregaciones religiosas para atender a los distintos grupos marginados de la sociedad: enfermos, huérfanos, niños de la calle, protección y formación de las mujeres obreras…

En este contexto surge Luis Amigó. Atraído fuertemente por Jesús, desde el testimonio de Francisco, se sumó decididamente a su proyecto de amor. Fue el animador que hizo posible la constitución de comunidades cristianas que lo encarnaran en su tiempo y lo llevaran a los alejados y perdidos de esa sociedad, a los últimos.

El 17 de octubre del año 1854 nació en Masamagrell, Valencia, España. Por aquel tiempo había una epidemia que hacía morir a las madres al dar a luz. El hecho de que no sucediera esto con su madre, lo interpreta como una de las muchas intervenciones en su vida de un Dios que es providente. Fue bautizado al día siguiente de nacer y le pusieron el nombre de José María.

Fue creciendo y educándose en el ambiente de cariño, compresión y religiosidad que le proporcionaron sus padres. Un día, sus amigos se pusieron a jugar con una vaca, ésta se molestó y fue a embestir a José María, dándole varias cornadas y tirándolo al suelo. Milagrosamente no le causó daño serio. Desde muy pequeño, por tanto, experimenta el amor de Dios que le protege y que es tan bueno con él. Lo siente constantemente presente en su vida, en todo cuanto acontece. Se mantuvo atento tratando de descubrir en los acontecimientos sus designios amorosos.

Seguía, como cualquier niño, sus estudios con esfuerzo. Tenía también sus ratos libres en los que se divertía con los amigos. En sus juegos de niño le gustaba especialmente imitar actividades religiosas en donde él actuaba de sacerdote porque se sentía inclinado a esa vocación. A los 12 años empezó a dedicar parte de su tiempo a visitar enfermos, enseñar a los niños de la calle y compartir con los presos de la cárcel. Lo hacía, junto a otros amigos, integrado en grupos apostólicos donde se formaban en la fe y actuaban como voluntarios en tareas de ayuda social. Iban simplemente a acompañar, charlar y compartir un rato con estas personas, pero eran felices alegrando la vida de los demás. José María sentía que, como cristiano, tenía que expresar el compromiso que brota de su fe con los más pobres y necesitados.

Atrás iban quedando sus buenos años de la niñez, se adentraba José María en la juventud. En esta época se produjeron hechos desagradables para él. Por una parte, el ambiente social era muy inestable, con constantes manifestaciones y revoluciones. Por otra, y esto fue más triste, en poco más de un año murieron su padre y después su madre. Se quedó solo con la responsabilidad de cuidar a sus hermanas. Esto le dejó un tanto abatido.

Sin embargo, empezaba a despertarse en él el deseo de seguir a Jesús como religioso y sacerdote. Inició un camino de búsqueda en diálogo con el Señor. La conciencia constante de su presencia amorosa y providente, el verlo y escucharlo en los pobres a los que se dedicaba, el ambiente de fe que vivía en las comunidades a las que pertenecía… y estos últimos acontecimientos dolorosos, le confirmaron en esta opción de consagrarse por entero al Señor, de dedicarse por entero a su proyecto de comunión. Si antes su corazón estaba todavía dividido entre tantas ofertas, ahora hace una opción total por Dios, se enamora por completo de Él y no busca otra cosa que responder a su Amor.

No veía, sin embargo, cómo realizar este proyecto por las dificultades que experimentaba: al morir sus padres quedó encargado de cuidar de sus hermanas, no podía abandonarlas ahora. Pronto un sacerdote amigo de sus padres se ofreció para cuidar de ellas. Por otra parte, no había religiosos en España, habían sido expulsados, debería ir a Francia para ser religioso. Se mantuvo atento a la actuación de Dios, puso en él toda su confianza y, poco a poco, fue abriéndole caminos.

Sus amigos más cercanos tenían la misma intención que él, pero no sabían dónde ir para realizarla. En España no había religiosos. Para que el Señor le allanara las dificultades se le ocurrió ingresar en la Tercera Orden Seglar de S. Francisco. Ésta es una comunidad de fieles que busca un mayor compromiso en la vivencia de su fe inspirándose en el testimonio de Francisco. Empezaba a tener contacto con la espiritualidad que después abrazará como religioso.

Hicieron las consultas apropiadas y encontraron un sacerdote que les aconsejó ir a Bayona, Francia, donde había un convento favorable para acogerlos. Dejaron para ello su familia, sus amigos, su tierra y partieron con la confianza puesta en Dios. La vocación no se realiza sin renuncia, si bien es, sobre todo, ganancia porque Cristo es el bien más precioso.

Un guía les llevo por mar hasta Francia. José María, con uno de sus amigos, fueron a Bayona, los demás, tomaron otro camino. Rendido por el viaje llegó al convento de los Religiosos Capuchinos. Los Capuchinos son una rama de la Familia Franciscana, tienen como modelo para seguir a Cristo la figura de Francisco de Asís. Salió a abrirles un religioso que llevaba el hábito muy remendado, aparentaba ser muy pobre. Esto le causó mala impresión a José María. No entendía todavía la forma de vida franciscana… Poco a poco, lo que antes le produjo repulsa, se fue convirtiendo en el ideal de su vida.

En este convento realizó José María la formación para iniciarse en este estilo de vida franciscano. Después de la etapa de noviciado, a los 20 años, hizo la primera profesión, la promesa pública de vivir completamente dedicado a Dios como religioso. Promesa de ser, por la gracia de Dios, pobre con los pobres, abrir el corazón para amar a todos sin limitaciones, seguir en todo el designio del Señor y compartir lo que se es y se tiene con los hermanos en comunidad. En este acto era costumbre entonces cambiar el nombre a los nuevos religiosos para significar que el Señor les consagraba para una misión especial. A José María le dieron el nombre de Luis, Luis de Massamagrell, que utilizará a partir de este momento.

Allí en Francia empezó Luis sus estudios de teología para ordenarse sacerdote. No pudo terminarlos porque, junto con otros religiosos, fue enviado por sus superiores a España. Eran los primeros que regresaban después de la expulsión. Fueron a Antequera, en Andalucía, al sur de España donde fundaron un convento. Aunque al principio los tomaron como gente rara, porque hacía tiempo que no veían ningún religioso, al vivir entre ellos, pronto entablaron amistad, les impresionó el testimonio de su vida entregada por todos.

Llevaba poco tiempo allí, cuando sus superiores lo mandaron a otro convento en Santander, justo al extremo contrario de España. Allí sucederán cosas importantes para él. Primeramente, después de terminar los estudios, fue ordenado sacerdote a los 25 años. Desde muy pequeño Luis había soñado con este momento, ahora se propone vivir su sacerdocio como servicio, ayudando a todos a seguir con mayor autenticidad a Cristo. Comenzó su ministerio predicando por los pueblos vecinos y convocando, especialmente a los jóvenes, a formar comunidades de fe. Tenía una gran habilidad para animar estos grupos, atraía con facilidad a los jóvenes que, con sus propuestas, fueron acercándose más a Dios.

Era, sobre todo, la gente marginada, rechazada, abandonada, la primera destinataria de su misión. El primer bautizo que hizo fue el de un bebé que encontraron abandonado en la puerta del convento. Le puso el nombre de Jesús, María, José, conforme a lo escrito en un papel que dejaron con el niño. Además, cerca de allí había una cárcel. Luis pensó que podía ayudar y confortar a los presos y les visitaba a menudo para acompañarles, charlar con ellos, comunicarles su fe en Jesús. Se daba cuenta de que aquellas personas eran las más necesitadas, a veces abandonadas de todos y incluso alejadas de Dios.

Le impresionó constatar la influencia negativa que recibían los adolescentes encarcelados, con respecto de los presos ya adultos y muy iniciados en el delito. De momento no puede hacer otra cosa que ayudarles individualmente, pero esta experiencia, junto con su primer bautizo, deja una huella en él cuyos efectos se manifestarán más tarde en la fundación de las dos Congregaciones.

Una gran alegría experimentó Luis cuando le comunicaron sus superiores que tenía que trasladarse al convento de Masamagrell, su pueblo natal. Pudo ver a sus hermanas después de ocho años, e incluso presidir su matrimonio. De nuevo en su tierra y saboreando tantas cosas bonitas.

En esta nueva etapa, Luis trabaja, por encargo de los superiores, en la formación de nuevos religiosos y en la animación de la Tercera Orden Seglar de S. Francisco a la que había pertenecido de joven. Estaba muy abandonada porque no tuvo el apoyo de los religiosos durante su expulsión del país. Sin duda vieron en él grandes dotes de animador, que puso al servicio de estas comunidades, dedicando a ello sus mejores esfuerzos. Pronto reunió, en todos los pueblos de alrededor del convento, comunidades de fieles dispuestos a profundizar en el seguimiento de Cristo al estilo franciscano. Convencido de que la fe aporta sentido a la persona y renueva en profundidad la sociedad, se entrega a fondo en esta nueva tarea de animador de comunidades de fe.

Luis veía en ellas jóvenes generosos que se sentían llamados por Jesús a seguirle más de cerca en una vocación consagrada, personas que tenían una fuerte vocación de servicio… Además, no podía apartar su pensamiento de tanta gente marginada y olvidada, sin esperanza. Por eso, les invito a compartir su ideal de dedicarse completamente a Dios en la vocación religiosa, sirviendo y ayudando a los más necesitados, enfermos, niños huérfanos y abandonados y jóvenes en dificultad… Así nacieron dos Congregaciones religiosas: las Terciarias y Terciarios Capuchinos o Amigonianos en 1885 y 1889, respectivamente.

Tuvo que superar muchas dificultades. Luis era todavía muy joven, tenía poco más de 30 años. No contaba apenas con medios materiales, algunos jóvenes abandonaron pronto su propósito. Sin embargo, estaba convencido de que las Congregaciones eran obra de Dios y, por ello, iban adelante. Incluso cuando, al poco tiempo de la fundación, los superiores le enviaron a otro convento lejano, él, no sin dolor, aceptó, convencido de que el Señor cuidaría de ellas.

La espiritualidad que comunicó Luis a sus fundaciones estaba fundamentada en la figura de Jesús Redentor y Buen Pastor que busca ante todo la oveja perdida, arriesgando incluso su vida. Los Amigonianos tienen conciencia de ser, por tanto, Zagales, ayudantes del Buen Pastor, testigos de su Amor con las ovejas extraviadas de su rebaño, los jóvenes en dificultad. Y les dejó como modelos espirituales a María, Nuestra Madre Dolorosa, bien en el misterio de su dolor aceptado por amor y unido al de Jesús; o en el contexto de la Sagrada Familia de Nazaret; y Francisco su vivencia espiritual destacada anteriormente.

Como religioso, Luis fue un ejemplo para los que vivían con él. Era exigente consigo mismo en la vivencia de su consagración. Hombre de fe profunda y de una espiritualidad intensa y encarnada. Humilde, generoso y ecuánime, sabía acoger a todos los hermanos. Era incansable en el apostolado, recorrió muchos pueblos predicando el Evangelio y ayudando a los más necesitados. Siempre confiaba en la protección del Señor y veía, desde la fe, su actuación en todos los acontecimientos. Por sus dotes de gobierno, le nombraron ministro o servidor en varias ocasiones. Además de los lugares ya citados, estuvo viviendo en Ollería, (Valencia) y Orihuela (Alicante).

Precisamente estando en Orihuela, llegó la noticia de su nombramiento como Obispo. Sus hermanos se alegraron mucho, pero él, por su humildad, no se sentía digno de este cargo. Lo aceptó como servicio a la Iglesia. Fue en 1907, tenía 53 años. Se mantuvo siempre fiel a su responsabilidad de animar en la fe a los cristianos de las Diócesis que le encomendaron.

Es enviado primero a Solsona, casi en la frontera con Francia, y después a Segorbe en la provincia de Castellón, al norte de Valencia. Su lema como obispo fue: “Doy la vida por mis ovejas”. En esta nueva etapa de su vida continuó cercano a la gente para servirles, enseñarles, tener una palabra de consuelo para los tristes, y ayudar a todos en sus necesidades. Fue un gran servidor y amante de la Iglesia. Él mismo nos cuenta sus desvelos como obispo para animar en la fe a sus fieles y emprender proyectos que favorecieran la actividad evangelizadora. Luis trabajó mucho para que la Iglesia fuera cada vez más la familia que lleva a todos los hombres hacia Dios.

Cercano ya a los ochenta años, se sintió enfermo. Se trasladó a la Casa madre de las Hermanas Terciarias Capuchinas en Massamagrell. Como no mejoraba, los Terciarios le llevaron al Seminario S. José de Godella, Valencia. Ya unos días en cama y empeoró. Quiso recibir los sacramentos de la Unción y la Eucaristía para que el Señor fuera su fortaleza en la enfermedad. En ningún momento perdió la serenidad y la alegría que le caracterizaban. Había vivido toda su vida con la confianza puesta en Dios y ahora estaba seguro de que lo llamaba a la plenitud de su amor. Sin alterarse, como era habitual en él, con una paz y alegría profundas, pasó de esta vida al Padre el 1 de octubre de 1934. Fue enterrado en su pueblo natal, Masamagrell, en el convento de sus seguidoras las Hermanas Terciarias Capuchinas. La Iglesia está en proceso de proclamarlo santo y elevarlo a los altares. En 1.992 lo declaró Venerable.

Luis Amigó es uno de los instrumentos que el Señor ha utilizado para continuar expresando en nuestro tiempo su solicitud misericordiosa por los más pobres y alejados. Un hombre que se fió de Dios y le dejó el protagonismo sobre su vida. En el contexto de una vida sencilla, el Señor fue realizando progresivamente en él su designio amoroso.

  • En una sociedad tan convulsionada, él sabe ver, con serenidad, la mano de Dios en todos los acontecimientos. Tiene una mirada providencial de todo cuanto sucede.
  • Supo escuchar en su interior la voz de Dios que le llamaba a entregarse por entero a Él como religioso y sacerdote y fue dócil a ella.
  • Allí donde la justicia no llegaba a dar respuesta a los enfermos, a los niños huérfanos y abandonos y jóvenes en dificultad, él respondió con la misericordia, abriendo caminos para tratarlos humanamente e invitarlos a crecer desde una propuesta educativa.
  • Está convencido de la importancia de la fe en la persona y la sociedad, por ello dedica los mejores esfuerzos a animar la formación y crecimiento de comunidades cristianas al estilo franciscano.
  • Es instrumento del Espíritu para suscitar un nuevo Carisma en la Iglesia, dando respuesta, con ello, a los deseos de compromiso cristiano más radical de muchos jóvenes con los que se encuentra en las comunidades que animaba, y a tanta gente necesitada de experimentar la misericordia de Dios. Funda para ello dos Congregaciones Religiosas.
  • Acepta la responsabilidad de ser obispo y, no por ello, se olvida de su sencillez y cercanía con los pobres y pequeños.

Luis Amigó, por tanto, sigue vivo entre nosotros como invitación permanente a fiarse de Dios y ser mensajero de su misericordia entre los jóvenes marginados.

¿QUIÉN SE SIENTE LLAMADO HOY A ACEPTAR SU RETO Y RECREAR SU MISMO PROYECTO?

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